Apolodoro Enamorado

Sudoroso y desangelado, se debatía el monarca entre sábanas blancas y almohadones de suave pluma aplastada. Aunque la noche avanzaba negra y silenciosa, el sueño no germinaba en su corazón inquieto, y entre vueltas y vueltas sobre el lecho, los latidos de su angustiado pecho herido se aceleraban sin motivo aparente. Sólo un pensamiento, único e imposible de disipar, moraba en su mente atormentada. Un cuerpo, un rostro, una voz suave y caprichosa, un nombre embriagado de las más preciosas cadencias musicales: Rubicunda.

De alguna extraña, manera la pasión y el ardor sexual dejaron paso al amor. Un amor furioso, irascible e ineludible, estalló en el seno más profundo de Apolodoro, y le revolvió las entrañas tumultuosamente, para aflorar a la vida como un milagro misterioso y bello. Algo jamás experimentado por el pobre rey confundido.

Se levantó como una flecha y acudió a la habitación de su dulce amada para despertarla con emoción agitada y proclamarle, rendido a sus pies, aquel maravilloso amor recién nacido que se desbordaba imparable por sus estremecidas venas ardientes.

Apolodoro

¡Ay, Rubicunda mía! ¡Si yo soy tu Apolodoro, tú serás mi Apolodora!

Oh dulce y bella Rubicunda mía, lumbre de mi sonrisa, gélido suspiro de un oculto alacrán. Eres el misterio de un infausto sueño de anaconda. Y un anagrama turquesa sobre el cuerno delicado de un caracol.

Si he de sentir tus caricias, albricias locas de colibrí, retumbarán mis ardores de dulzuras, cual penachos rabiosos sobre el húmedo hocico traspuesto del más taimado jabalí encabritado. Seré un beso expoliado de espuma blanca besando el rojo fuego de tu labio. La fragancia doliente seré de un coral, hundido y abrumado en tu danzante seno colorado.

Mira. Ya reluce, sabia en placeres ocultos, tu boca nacarada, y perdura en su aroma libando incansable el duelo de un alelí. Y allí espera, cuando sonríes, la nerviosa curva de tu boca impaciente. Y allí anhela la llegada sorprendida de una pértiga azucarara que la cubra y alimente, embravecida de promesas humorosas.

¡Ay, Rubicunda mía! ¡Si yo soy tu Apolodoro, tú serás mi Apolodora!

Dime que me mostrarás el frondoso tomillo macilento, que guareces con dulzura de las simientes insidiosas de fornidas amapolas oscilantes. Dime que seré el amparo de tus insinuaciones escondidas. Y dime que añorarás el seguro resguardo de mis más firmes impetuosidades incandescentes.

Pero entretanto he de lamer la grata fecundidad desparramada de tus orgullosos senos inabarcables, cual la laminera ola pausada, que lame y lame sin demoras a la amorosa playa de abigarrados perfumes dadivosa.

Generosos en su holgura entretenida, triunfantes aparecen tus pezones. Son gemelos atolones emergentes que a furiosos lengüetazos han de ser domados de inmediato.

Azotado de escalofríos, hoy quiero bañarme en el carmesí doliente de tus mofletes, y en el enigma de tu ombligo, incauto, quiero derrochar un cancionero de confidencias hilarantes.

¡Oh no! No te resistas a los contendientes juegos de algarabías procelosas, que seremos fauna de panderetas desbocadas de lujuria. Y concebiremos, en un infierno rojo de falanges, coliflores de amalgama descompuesta.

¡Ay, Rubicunda mía! ¡Si yo soy tu Apolodoro, tú serás mi Apolodora!

En tus brazos, tibia indecencia del tamarindo, reluce un angosto baile divino, y algo busca retorciendo pajarillos. Oh, juguetones tus dedillos. ¡Qué ansiosos! ¡Qué aguerridos! Se enternecen reprimidos de ternura. ¡No les niegues el ocaso perfumado de algún falo endurecido!

¡Mírame! Entre escalones de seda desprendidos me retuerzo. Subrogado en cascadas de carne, exánime y suplicante, soy un bruto ahíto de avaricia. Mas no te ocultes, no te inhibas, no reposes tu asolado armisticio de caderas. Pues este doliente explorador de tu trasero esclarecido, entre una y otra cautelosa posadera, un baile loco de imperioso frenesí se reserva ilusionado.

¡Ay, Rubicunda mía! ¡Si yo soy tu Apolodoro, tú serás mi Apolodora!

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