El Alquimista

El Ingeniero Profeta caminaba por las calles a paso decidido y seguro, no obstante, una espesa niebla de confusión inundaba su mente para sumirle en un acentuado estado de patente desolación. Se encontraba conmocionado, en trance, y el andar resuelto y rápido era lo único que parecía tener algún sentido claro en aquellos duros momentos por los que atravesaba. Mirando al suelo con indiferencia trataba de ordenar sus ideas, pero sólo obtenía más desorden y caos. Un sin sentido, cada vez más pronunciado, cobraba fuerzas y se adueñaba de su voluntad, para empujarle poco a poco, presa del desconcierto, hacia el estremecedor umbral de lo absurdo. Toda su vida, todo en cuanto había creído y confiado, se tambaleaba peligrosamente delante de sus ojos para abrir las puertas de par en par a un escabroso mundo de locura y desesperación.

No; ése no era el camino. Debía intentar olvidar lo sucedido y pensar en otra cosa o se volvería completamente loco.

Pero por más que se esforzaba no lograba sacarse de la cabeza la espantosa imagen de aquel monstruoso ser que acababa de ajusticiar. Sin poder evitarlo, como una broma macabra, se imaginó volviendo de nuevo sobre sus pasos y atisbando la pequeña puertecilla del horno humeante. Consciente de su ensoñación, se vio abriéndola con sigilo y agudizando la mirada hacia el interior tenebroso. Seguro que allí se encontraría aún el panadero, totalmente desollado por los terribles efectos de la cocción lenta, y le miraría en carne viva con odiosos ojos de súplica y conmiseración.

El Ingeniero Profeta pensó en la magnitud del dolor indescriptible que estaría devorando cada centímetro de su piel y se alegró. Una leve sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro para transformarse lentamente en carcajada nerviosa. Al menos no tenía nada de qué arrepentirse. Ese bicho, o lo que fuera, se lo merecía. Hizo muy bien al meterlo ahí dentro. Si algo estaba claro era que aquel aborto gesticulante de ninguna de las maneras podía tratarse del salvador de Kinsaba que él mismo vaticinó con tanto esmero. ¿O sí?

Las dudas, una vez más, volvían martirizando para azuzar con saña sus entrañas y sembrar la semilla de la incertidumbre en lo más recóndito de su ser. Pero entonces una inmensa luz deslumbrante iluminó sus facciones. Se detuvo en seco, sonriente y maravillado. Una nueva idea se cernía sobre su apagado ánimo para cobrar fuerza de improviso a medida que abría una puerta a la esperanza. En décimas de segundo fueron trastocadas sus antiguas concepciones, obsoletas y ridículas, en favor de una prometedora inclinación que se le presentaba con demoledora consistencia e indiscutible lógica. ¿Y si se tratara de eso?

Quizá ese humilde Panadero Inmaculado fuera realmente el liberador de Kinsaba, pero no a través de su horrísono hijo espantoso, qué idea tan ridícula, sino mediante su propia resurrección post mortem.

¡El horno! ¡Ahí estaba la clave! ¿Cómo no había caído antes?

Gracias a su providencial intercesión, el panadero se encontraba en el interior del horno, gratinándose escrupulosamente, y pronto, o más bien tarde, acabaría reducido a un montón de cenizas. Seguro que esos residuos, después de ser debidamente tratados por una mano experta como la suya, permitirían el milagro. Además, bien pensado, la tahona se asemejaba bastante a un taller de alquimia.

Sí; qué duda cabe, tenía que ser así porque era la única explicación posible. Todo formaba parte del plan secreto de Ximba. De la misma manera que la Naturaleza en el interior de la Tierra transmutaba los elementos para distribuirlos luego a través de sus poros; él, haría lo propio y hallaría por similares medios la piedra filosofal. Mediante el tratamiento de las cenizas del panadero conseguiría esta valiosa sustancia imbuida de la máxima pureza, y tendría el honor de convertirse, allí mismo, en el libertador absoluto, o quizá, quién sabe, en el propio Ximba redivivo e inmortal.

Afortunadamente, conocía a la perfección, por herencia de su bisabuelo alquimista, los pasos necesarios para la fabricación de la todopoderosa piedra. Lo que los iniciados denominaban: “conocimiento esencial”. Por ello Ximba le habría escogido entre tantos. Ahora empezaba a comprender sus designios.

Recordaba con cariño esas lejanas noches de su niñez en las que espiaba absorto los trabajos del tenaz anciano en aquella desordenada cocina envuelta en una tenue y mágica atmósfera de luz apolínea. Con férrea obstinación lo veía manipular los metales buscando sublimarlos de pureza absoluta a través de múltiples destilaciones, separaciones, coagulaciones, lavados a conciencia y lentos cocimientos, que repetía una y otra vez con tesón en su infatigable búsqueda del espíritu celestial. El proceso era largo e incierto, pero el premio merecía la pena. Una vez completada la obra y obtenido el agente primario resultante; éste sería capaz, por sí solo, de efectuar eficientemente todas las transformaciones de la creación.

Evidentemente, su ancestro jamás logró el éxito esperado en sus laboriosas investigaciones, pero, claro está, le faltaba el ingrediente esencial: las cenizas de ese panadero impoluto y fecundado por Ximba. Ahora él tenía la oportunidad de continuar donde lo dejó, para honrar su memoria y salvar a Kinsaba.

Veamos, hay que darse prisa; se dijo. No había tiempo que perder. Se requerían diversos materiales de complicada obtención y absolutamente imprescindibles para la compleja labor que se preparaba a desarrollar. Con un poco de suerte, algunos, los más usuales, podría hallarlos dentro de la tahona, pues la recordaba bien repleta de multitud de cachivaches, pero los demás debería procurárselos por otros medios, y de no quedar más alternativa, iba a tener que fabricarlos él mismo. Por suerte aún conservaba los libros de su bisabuelo.

A ver; necesitaría varios alambiques de cristal transparente y cucúrbitas de cobre para sostenerlos. Matraces; por lo menos diez o doce. Y unas tenazas bien grandes. Luego un fuelle de gran tamaño y un crisol de arcilla refractaria… ¿Qué mas? ¡El caldero! ¡Por supuesto! ¿En qué estaría pensando? También le harían falta algunas cucharas de mango largo y un buen mortero para pulverizar. Vale; después de todo, no iba a ser tan difícil.

Entonces, el Ingeniero Profeta se dispuso a dar media vuelta, y volver a la tahona para supervisar de primera mano el delicado proceso de incineración del Panadero Inmaculado, y poder así recoger las cenizas en cuanto éste hubiera concluido. Pero absorto y distraído como estaba en sus propios pensamientos, no se percató de la brutal estampida de un enorme elefante que circulaba furioso en su misma dirección, y allí fue aplastado, entre las recias patas del paquidermo desbocado, muriendo en el acto y sin decir palabra ni darse cuenta de la horrible fatalidad de su destino sesgado.

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