El Artista del Agua

Los miles de impacientes espectadores que van llegando, se agolpan apretujados en el enorme círculo que conforma la extensa plaza de Kinsaba. Un sombrío manto de murmullos envuelve la zona mientras el desordenado gentío deambula nervioso, tratando de escoger el lugar más estratégico. Algunos, los más afortunados, gracias a las largas horas de espera que han soportado con anterioridad, ocupan las más cercanas posiciones. Éstos, lejos de descansar disfrutando de su merecido privilegio, se afanan en defenderlo mediante codazos y empujones de aquellos que vilmente pretenden usurpárselo con velado disimulo.

Los edificios en construcción que rodean la plaza también se hayan repletos de temerarios espectadores, que arriesgando sus vidas entre tambaleantes vigas provisionales e inconsistentes andamios de solidez endeble, se consideran los más dichosos, al gozar de un campo de visión completo y panorámico de la hermosa pecera.

En el centro de la plaza, dentro del hermético recipiente, se encuentra el prodigioso Papa Pepino realizando sus últimos ejercicios de calentamiento. Saluda a su querido público con una ligera inclinación de cabeza y entre entusiastas aplausos comienza la actuación.

El venerable anciano se halla completamente desnudo entre las frías aguas. Tras largos meses de forzada permanencia en el acuoso hábitat, sus antes débiles y renqueantes miembros se han cubierto de una sensacional musculatura de extrema flexibilidad, para adaptarse a las especiales circunstancias acuáticas de su prisión.

Pepino, consciente de su excepcional forma física, demuestra sus habilidades desplazándose con inaudita agilidad por cada uno de los rincones de la pecera. Ante el asombro de la muchedumbre ejercita las más espectaculares cabriolas con pasmosa rapidez y elegancia. Persigue a los asustadizos peces de colores, atrapándolos entre sus dedos cuando se lo propone, y soltándolos al instante para volverlos a agarrar según le place. Su dominio del medio es total y absoluto, su fuerza colosal y sus facultades extraordinarias. Tan pronto surca las aguas de lado a lado de la pecera, a velocidad de vértigo, creando hirvientes remolinos de espuma blanca y propiciando su momentánea desaparición bajo un torrente de revuelto líquido turbulento; como levita suavemente, agitando sus brazos estirados en el medio cristalino para simular el ligero vuelo de una virtuosa ave a cámara lenta.

El nutrido público que lo observa expectante, enloquece de dicha y admiración. De continuo le jalean y aplauden con creciente entusiasmo, cuando no enmudecen, presas de la emoción.

El Pontífice, acostumbrado a lidiar con grandes aglomeraciones de personal en sus multitudinarias misas al aire libre, se muestra seguro y firme en su escenario. Sabe ganarse a los asistentes con tenues sonrisas y gestos de complicidad. Cuando más embebidos están y apunto de marearse fascinados por el efecto de las innumerables piruetas; transforma la suprema aceleración de la acrobacia por la inmovilidad del suave levitar, suspendido a voluntad entre las gélidas aguas. Cuando el público, trastornado al fin por tanta maravilla, se debata peligrosamente entre las lágrimas y el desmayo, Pepino, sorprenderá a propios y extraños tragándose un pez de un zarpazo, para volverlo a liberar de su estómago tras breves segundos de sepulcral silencio. Logrando así el estruendoso regocijo de los presentes y el unánime aplauso de sus incondicionales.

Llegado a su final la emocionante actuación, la totalidad de los concurrentes, puestos en pie, le ovacionan como a un dios y le suplican bises y saludos, que son correspondidos amablemente por el orgulloso artista del agua.

Sin embargo, aun habiendo finalizado el espectáculo, la mayoría de los asistentes han adquirido tal nivel de adicción a la magia irradiada por la maravillosa pecera de ensueño, que no abandonarán las inmediaciones y permanecerán allí, al pie del cañón, estáticos en sus posiciones y muy atentos al posterior desarrollo de los acontecimientos. Embobados y absortos, pasarán días completos y semanas enteras atrapados por un férreo alucinamiento colectivo. Sin experimentar la más mínima necesidad de ingerir alimentos o estirar las piernas. Concentrando sus esfuerzos en el perpetuo escudriñamiento enfermizo de aquel fascinante cubo milagroso, y acogiendo con inusitado placer cualquier detalle o insignificante novedad que pudiera ocurrir en su humoroso interior monótono.

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