La reciente huída del Ingeniero Profeta, le hizo recordar al rey aquellas terribles amenazas con las que le obsequió, el muy villano, justo antes de ser merecidamente recluido en su ciénaga de excrecencias.
A Apolodoro en nada le preocupaban aquellos inquietantes augurios que pronosticaban la supuesta epifanía del ansioso descendiente de un panadero sin mácula destinado a destronarle con gran bochorno y estrépito. Y eso que, precisamente, no carecía de motivos para su intranquilidad; pues ya había sufrido en carne propia los rigores de la temida incontinencia vaticinada en idénticas circunstancias y con indiscutible éxito. Si lo sabría él. Pero la verdad era que se trataba de una predicción tan ridícula, absurda y descabellada, que a pesar de los nocivos antecedentes, resultaba difícil otorgarle un mínimo de credibilidad.
No obstante, para su sorpresa, recibió noticias a través de su Atento Servidor sobre la existencia de cierto panadero, cuya extrema fealdad no confirmaba pero sí parecía insinuar, y de manera bastante fiable, su virginidad férrea e inexorable. Tan horrendas debían ser sus atribuciones físicas, que producían inmediato espanto, y desde luego invalidaban por sí solas cualquier tipo de hipotética connivencia sexual (al menos humana) con aquel bípedo antropoide. Según las indagaciones de su chambelán, este poco agraciado individuo, a pesar de ser un hombre o, mejor dicho, de género masculino; aseguraba hallarse en estado de buena esperanza, lo cual; ciertamente, constituía un hecho sorprendente y sin precedentes, ni en la realidad más escabrosa, ni en la literatura más grotesca.
Lo peor del caso era que pretendía haber sido preñado por obra y gracia del mismísimo Ximba fecundador. Según él; se le apareció en cuerpo presente una fría noche, flotando por los aires sobre un zozobrante balón reglamentario, y apresurándose, sin mediar palabra alguna, a sodomizarle larga y concienzudamente. Y además, añadía el orgulloso enculado; “con notable prolijidad de posturas y consumaciones.”
Apolodoro, a pesar de su interés creciente por los acontecimientos, tuvo que renunciar a los primeros impulsos que le acometieron; encaminados en la línea de efectuar averiguaciones fidedignas y rigurosas al respecto. Como le hizo ver su Atento Servidor, los inauditos pronunciamientos de ese panadero, inspiraban más al cachondeo y la lástima, que a la confianza y el respeto, por lo que una atención demasiado evidente por sus demenciales insinuaciones, en el mejor de los casos le iba a sumir en el mayor de los ridículos.
El monarca, entonces, fue auto
convenciéndose del poco crédito que merecía la violación de aquel sujeto, y por
otro lado, pensó, y no sin acierto, que el riesgo, de haberlo, era mínimo, y en
todo caso, muy a largo plazo. Así que le restó importancia y poco a poco se
olvidó de tan delicado tema.