El guardameta del Portentoso Equipo de Inválidos es tetrapléjico y como es natural defiende la portería pertrechado en su moderna silla de ruedas. Concesión ésta que a pesar de resultar innegable por motivos obvios, ha sido duramente criticada por sus adversarios, sin duda, henchidos de envidia y acobardados ante la falta de recursos futbolísticos con los que hacer frente a la excepcional imbatibilidad de tan fabuloso cancerbero.
Es indudable el elemento diferenciador que a la postre le beneficia cuantiosamente, pero si el citado individuo tan sólo posee movilidad de cuello y cabeza; ya me dirán ustedes cómo podría efectuar su cometido en caso de ser privado de su ineludible silla rodante.
¿O es que pretenden que defienda su portería plantando en el suelo su impotencia para deleitarnos con recursos motrices similares a los que podría ofrecernos un inspirado saco de patatas?
Dejémonos entonces de absurdas discusiones sin fundamento y pasemos a concentrarnos en lo que de verdad importa; el análisis de su comportamiento in situ, para intentar así arrojar alguna luz sobre el éxito de sus funciones. Para ello, nada mejor que analizar las características de este peculiar asiento, objeto de tan airadas críticas, y convertido, gracias a la destreza de su admirable conductor, en la más formidable máquina de interceptar balones.
De un punto estratégico de la silla emerge una pequeña palanca, que finaliza a la altura de los dientes de su ocupante, para permitirle a éste el friccionarla con los incisivos. Mordiendo dicho mando y provocándole delicados meneos a los que el portero se haya sabiamente adiestrado tras largos años de asentamiento, puede conducir su vehículo a placer. Con leves giros de cuello logra desplazar su asiento, bien a la derecha, o bien a la izquierda, a impensable velocidad. También posee la silla un muelle especial que consigue, mediante el correspondiente tirón dental de la palanca, elevar a su inquilino, facilitándole así el acceso a aquellos objetos o lugares que resultarían inaccesibles de otra manera por encontrarse a considerable altura.
Ni que decir tiene que tales innovaciones incorporadas a estos asientos de los tetrapléjicos con el único objeto de procurarles una vida más normal en la medida de lo posible, que nadie piense mal al respecto, en el caso de nuestro guardameta, le permite, por añadidura, alcanzar con gran precisión y solvencia cualquier rincón de su portería. Lo cual, en la práctica le supone el poder desarrollar sus labores con gran eficacia, aunque, eso sí, con el único inconveniente de que cuando impide que se introduzca la pelota en sus dominios, no lo hace por atrapamiento de la misma, como sería lo usual y deseable en tales circunstancias, sino que lo efectúa por medio de la interposición de su cuerpo en la trayectoria del balón.
Siendo su físico totalmente insensible a los impactos del esférico, no le crea ningún tipo de molestia o inconveniente su función de barrera móvil; pero también es cierto, que generalmente, al finalizar el encuentro, su rostro se halla bastante afectado, y en particular su nariz presenta un aspecto enrojecido e inflado, que recuerda ostensiblemente a un maduro pimiento morrón a punto de explosionar.
Por lo demás, sus facultades hacen
de él un portero fabuloso e infranqueable en su cometido; siempre y cuando no
suceda como en aquella ocasión en la que para alegría de sus oponentes volcó su
silla tras un desafortunado lance con un contrario. Aquel día quedó ahí, tirado
e inerte cual gusano inútil, y propiciando, como era de esperar, la alegría
desatada y aprovechada de sus ruines adversarios. Estos, solidarizándose con el
impotente cancerbero, también se volcaron, y con singular énfasis, pero al
contraataque más tumultuoso y anodino. Qué cabrones.