Cuando la razón nubla la conciencia y tiene la noche una sábana negra con mil flores de acanto dormidas sobre sus piernas, es cuando aparece en la arena un alma suave pero atormentada.
Dicen que divaga en vuelos de nocturna algarabía. Dicen que un día perdió un balón de consistencia inalterable y lúcida. Dicen que la susodicha presencia pretende ornar su dulzura de blancos pentágonos.
Labio de ruiseñor, bandera de caracola, y sin embargo, aire tenue y libre. Es el fantasma de Kinsaba. Espíritu inherente a las palmeras sobre el que bulle una tenue sombra expectante entre dátil y dátil.
Un día fue esforzado futbolista, incansable batallador, experto dominador de la sutil maniobra del remate furibundo, y sombrío querubín del verde área. Mas un aparatoso choque contra el larguero le dejó allí tieso y ensimismado, como una luciérnaga a la luz del día. Sin su agua vital, el lustroso delfín de largos vuelos saltarines cayó a tierra con estrépito. La violencia del golpe nubló su vista, y el sol, a modo de disculpas, tan solo acarició su frente con cristales rotos.
Fue el veneno melancólico de la tarde, el pérfido vuelo dubitativo de la mariposa, la incongruencia de un azar rabioso de emponzoñar sus alas con sangre roja.
La nerviosa cabeza, cual melón maduro, crujió en chasquidos, barruntó el desánimo, adivinó el camino de la derrota y se abrió en pepitas coloradas; raudo surtidor de sangre y alma. Aún quedan rosas en la tierra.
Hoy busca su balón perdido en las arenas negras, y como aquel día, espera el remate con semblante mudo y tosca mirada de huérfano cariacontecido. Hoy esquivará el larguero y encaminará el esférico a una alfombra de mallas vivas y renqueantes, como olas que se rompen en la tarde. Hoy es su noche futbolera y vaga libre por las arenas. Lleva un cuerpo flotante, media luna en la cabeza, intrigante mirada de hiena, y acecha sigiloso a un balón maldito. ¡Qué no huya! ¡Qué no escape! ¡Qué no se le desprenda!
En la calle un transeúnte sin sueño pasea. Luce una mirada viva, una mirada serena, una mirada tranquila que camina por la noche su sombra atemorizada.
¿Y si fuera cierto lo que cuentan algunos sobre las noches de media luna llena? ¿Y si no fueran ridículos cuentos de niños y viejas?
Muchos dicen haber visto a ese Fantasma del Remate que la cabeza le descuelga medio abierta. Absurdas habladurías, sonríe con benevolencia, mas un reflejo de hielo le torna la risa de cera. Sus manos, temblando se cierran, los ojos parecen linternas, y huye despavorido como una asustada comadreja.
El fantasma que ve su pelota, a
saltos, rezuma y la espera, mas viendo que escapa sin tregua, con amagos de
chutes la sigue incierta. Furioso como un gorila, agita sus medias cabezas,
pues ha de rematar con fiereza a ese loco balón desbocado que rebota libre por
las callejuelas.