Con paso resuelto y animado, caminaban Apolodoro y el Atento Servidor dirigiéndose hacia la exposición del Científico Inapetente.
Lo cierto era que al monarca le fastidiaba acudir a tal evento. Siempre había opinado que el arte, salvo el suyo propio, claro está, era un engaño hábilmente orquestado por supuestos artistas. Los veía como mediocres individuos, vividores manifiestos, y egocéntricos haraganes de gran astucia y nulo sentido del ridículo, que se enriquecían a costa de inexplicables configuraciones de abstracto significado y variopintas interpretaciones.
Aunque le hubiera encantado dejarlo entrever, si defendía tal postura frente a su ilustrado servidor y amigo, corría el peligro de ser considerado a ojos de éste un pobre hombre inculto e insensible, quizás incluso antiguo. En definitiva; alguien incapaz de comprender los altos designios de la creación humana. Por ello, disimulaba ocultando los verdaderos sentimientos que le evocaban esa estúpida exposición y trataba de fingir un contenido interés frente al exultante entusiasmo de su compañero, que le animaba a apresurar el paso.
El Atento Servidor le había hablado maravillas acerca de ese tal Científico Inapetente, y ahora, ya a las puertas del museo, no dudaba en recordárselas nuevamente, aunque Apolodoro no lograba comprender que alguien tan prudente y cabal como el Logopeda Esclarecido se prestase a estas chorradas. ¿Qué le habría sucedido?
Atento Servidor
Te aseguro mi rey, que no te arrepentirás de la visita. De aquí a unos meses se hace llamar “el Genio Embriagado”. Es un auténtico fuera de serie; un fenómeno de la concepción visual. Posee una inimitable cualidad innata para transformar lo burdo y usual en objeto de beldad convulsa y emotiva. En su genial cabeza no existen límites ni espacios; allí circula un torbellino centrifugador donde la belleza se mezcla, comprime, explosiona y disuelve para renacer nueva, poderosa, original, y sobretodo, concretada en la más arrebatadora creación chorreante de hermosura desgarradora.
Ya hemos llegado. Entremos; aprisa.
La exposición constaba de una serie de pisos por los cuales el visitante se internaba libremente y descubría e interpretaba la obra desnuda del artista sin ningún tipo de explicación o ayuda externa. Se trataba de lograr un efecto personal e intimista en el curioso observador.
La planta baja, que era la primera de las cuatro estancias, se hallaba repleta de balones pintados de agresivos colores, muy vivos; algunos verdes, otros rojos, negros, amarillos, etc. Su ubicación no parecía responder a ningún orden preestablecido, simplemente estaban allí, y en tal cantidad que resultaba imposible atravesar la habitación sin tener que empujarlos con los pies. Apolodoro cruzó la sala con patética indiferencia y sin mirar al suelo.
Mediante una empinada escalera se ascendía al siguiente piso. En la puerta se invitaba a los asistentes a colocarse una pinza en la nariz, aunque se desaconsejaba, pues ello privaría al espectador de sensaciones únicas y puras, disminuyendo la verdadera profundidad de la concepción artística de la obra.
El misterio pronto se resolvió, porque lo que se exhibía era una generosa muestra, en formación militar, de excrementos del propio artista; colocados en perfecta alineación y con su correspondiente etiquetado en el que se detallaba día y hora de la deposición, y además, se especificaban minuciosamente los diversos alimentos ingeridos con anterioridad a la orgánica expulsión. Dichas heces habían sido moldeadas con extraordinaria precisión milimétrica, buscando otorgarle a cada una de ellas, la forma perfecta y majestuosa de un resplandeciente balón de fútbol en el que no se echaba en falta ni el más mínimo detalle. Las pinzas, claro está, tan sólo se ofrecían a modo de jocosa broma, pues las defecaciones, a causa del tiempo transcurrido, se encontraban suficientemente fosilizadas como para no exhalar olor alguno.
Apolodoro, indignado y asqueado ante tal repugnante espectáculo escatológico, se dispuso a hacer partícipe de sus sentimientos a su silencioso acompañante, mas pronto se abstuvo, al comprobar sorprendido que de los ojos del Atento Servidor se escurrían enormes lagrimones de emoción.
También se exponían algunos frascos con irregular contenido de un brillante líquido amarillo, que como no podía ser de otra manera, se trataba de orina de genio, y así se atestiguaba en un discreto cartelito con elegante caligrafía. Pero una enigmática salvedad sembraba la incertidumbre. El mensaje completo anunciaba: “Orina de genio, justo antes de chutar”.
Pero lo que más parecía llamar la atención del público, era un único recipiente gigantesco cuyo interior albergaba una informe masa de enredados trozos de uñas valiosamente agrupados bajo el siguiente título: “Uñas de genio, justo después de chutar, con el pie izquierdo en el aire y el mentón ligeramente ladeado”.
Este último receptáculo impresionaba al visitante que intentara calcular mentalmente el número de años necesario para la obtención de su venerable contenido. Apolodoro, nada más verlo, desconfió inmediatamente de su autenticidad, pero se cuidó mucho de comentar en voz alta sus sospechas. De un simple vistazo, calculó que para lograr tal cantidad de residuos corporales sería imprescindible la estrecha colaboración desinteresada de todos los habitantes de Kinsaba durante al menos seis meses. En tal caso, pensó que lo sí que constituía un verdadero misterio capaz de revolver el estómago del más valiente, era imaginar los medios de los que se habría valido ese hipotético genio para la recolección de tan execrable botín orgánico. Siempre y cuando, claro está, se otorgase cierto rigor al desperdicio podal.
En la tercera planta los balones reglamentarios volvían a ser los flamantes protagonistas, pero esta vez no se hallaban pintarrajeados y en desordenada dispersión abrumadora; ni tampoco en estricta alineación marcial, buscando evidenciar su fecal naturaleza horrenda. En esta ocasión, a los sufridos esféricos se les había dotado de una cierta humanidad, mediante la trabajosa incorporación a su esférica superficie inmaculada de una explícita variedad de órganos sexuales masculinos en tempestuosa erección.
Dichos miembros, presumiblemente confeccionados por el propio artista con papel y cartón para unirlos con cola a sus inflados propietarios orgullosos, gozaban de un extraordinario realismo que se palpaba en la cuidada reproducción de algunos pequeños detalles. Minucias tales como el admirable brillo que se dilucidaba entre las enredada oscuridad de las sombrías vellosidades, y sobretodo el lúbrico aspecto de perpetua humedad, imbuido magistralmente por el perverso autor sobre la culminación de cada animado falo. Además, en algún caso, la magnífica verga presumía de jocosa inclinación, incrementando así con su imperfecto estiramiento la veracidad y crudeza deseadas.
No obstante, lo que más impactaba era la curiosa escena futbolística desarrollada en su conjunto. Particularmente, en el centro, de rodillas sobre un mullido césped, yacía un maniquí representando a un aterrado jugador con sus pantalones bajados y a punto de ser bestialmente sodomizado por un locuaz balón kamikaze, el cual; suspendido en el aire, encañonaba a su objetivo con la imponente magnitud de sus radiantes atribuciones ensalzadas y puntiagudas.
Y no terminaba aquí la dramática situación. En un extremo se refugiaba un asustado portero, que lívido de la impresión, trataba de huir del alcance de una promiscua pelota. El balón, esgrimiendo cual estirado florete la excepcional evidencia de su poderío sexual demoledor, porfiaba por albergar de lleno sus más que generosos dones en el interior pleno de la amoldable boca del cancerbero, donde tras doblar la juguetona campanilla, atravesaría en el intento y sin contemplaciones, faringe, laringe y esófago a un mismo tiempo.
Entre tanto, desde una esquina, la viciosa escena de ambos sujetos aguardando el ultraje y la profanación de sus más recónditas intimidades, era espiada por un pícaro utillero, que sonreía malévolamente mientras agarraba, por sus ilustres miembros, un manojo de bien dotados balones, como si fueran cebollas recién recolectadas y listas para su aderezo vespertino en cualquier ensaladera de cristal.
Tal era el patético realismo de la escena, que el monarca, temeroso de verse él también mancillado en cualquier momento por la ira balonil, atisbaba hacia los lados con disimulado resquemor antes de franquear a trompicones la puerta del último piso.
Allí, en la cuarta planta, se encontraba el insólito Genio Embriagado. La multitud le rodeaba efusivamente para poder escudriñarlo de arriba abajo, pero cuando vieron acercarse a su temido rey acompañado de su más temido aún Atento Servidor, cejaron momentáneamente los apretujones y codazos a los que se habían entregado, y permitieron, de común acuerdo, la apertura de un estrecho pasillo para facilitar el acceso de los recién llegados.
Apolodoro contempló sin salir de su asombro el incomprensible espectáculo del afamado artista bailando el hula-hoop.
El Genio Embriagado era un pequeño
hombrecillo rechoncho, ya entrado en años, de aspecto afable y mirada cándida,
aunque algo obnubilada quizás, y que a pesar de su edad, gracias a un elegante
movimiento de cintura y caderas, conseguía hacer girar velozmente sobre su
generosa panza un ligero aro de polietileno color rojo chillón. El chambelán,
algo cohibido por temor a profanar el mutismo general, se atrevió a susurrar
tímidamente en el oído de Apolodoro para explicarle a éste, que ese llamativo
ejercicio de dominio rotatorio que presenciaba, no tenía nada de particular,
pues tan solo constituía una más de las múltiples extravagancias del genio, y
que debían permanecer en silencio absoluto y prestar la máxima atención, porque
el Científico Inapetente se hallaba a punto de iniciar la más increíble y
alucinante atracción jamás vista: la danza cósmica.