El Sagrado Calcetín

El sagrado calcetín de Ximba descansa cuidadosamente extendido sobre el suave terciopelo púrpura de un mullido cojín de redondeados contornos. Buscando extremar al máximo su confortabilidad, este lustroso almohadón fue inflado en su día con la agradable presión de una infinidad de ligeras plumas de oca apretadas. Un grueso cristal blindado protege a la valiosa prenda de la excesiva devoción a la que le someten los millares de devotos peregrinos, que partiendo de los más remotos lugares del orbe, se acercan impacientes para adorarla.

Durante las largas horas que permanece abierto el santuario, guardan paciente cola los angustiados fieles y forman una inmensa fila de inabarcables proporciones, que se extiende sinuosamente por el desierto hasta perderse entre las borrosas brumas de la indivisible lejanía. Estos leales visitantes, presos de una alterada emoción, soportan resignados el rigor de la ruda intemperie a la espera de su ansiado turno. Cuando al fin se encuentran frente a frente con la reliquia, se arrodillan temerosos y confundidos ante su majestuosa presencia imponente. Recobrados no sin esfuerzo de la primera impresión, se apresuran a besar una y otra vez el frío cristal de la protectora urna, y le imploran protección y consejo para sí mismos y para los suyos.

Los más fervientes le ruegan que desaparezcan de un plumazo las irreversibles enfermedades que les asolan, o que sus amputados miembros perdidos, al igual que ansiosas gardenias silvestres, vuelvan a florecer, arraigando primorosamente desde la mutilada base del horrible muñón deformado. O hasta que, por pedir que no quede, sus mujeres o maridos fallecidos, regresen de nuevo resucitados a su feliz hogar, y a ser posible con mayores bríos sexuales y ganas de vivir.

Ciertos viajeros, para favorecer la buena disposición del sagrado calcetín, acuden al santuario con los pies destrozados de ampollas y quemaduras, tras largas jornadas de caminar descalzos por el desierto. Otros, los más intrépidos, optan por arrastrarse a gatas, o de espaldas, o incluso alguno, caminando boca abajo sobre sus castigadas manos, sorteará la áspera travesía sin permitirse el lujo de emitir el más mínimo lamento en su atroz calvario. Curiosamente, también se da el caso de la presencia de algunos individuos silenciosos, que extasiados ante la sagrada prenda, se limitan a observarla maravillados, incapaces de proferir cualquier palabra que pudiera romper la solemne magia del santo lugar. Además, con su sola contemplación y recogimiento interior frente a la urna, ya se sienten plenamente satisfechos y resarcidos de las extraordinarias penalidades que les han ocasionado, tanto el arduo desplazamiento fatigoso, como la larga espera posterior en la sufrida cola durante interminables semanas.

Algunos de los peregrinos que se agolpan ante el santuario ya han resultado afortunados en sus plegarias pasadas. Estos últimos se acercan agradeciendo al prodigioso calcetín, con brillantes lágrimas en los ojos, la milagrosa curación de sus graves enfermedades. Sabiéndose veteranos y privilegiados, suelen darse aires de importancia cuando le dirigen la palabra a algún extraño, y a la menor oportunidad, no dudan en escenificar multitudinarias declamaciones premeditadas. Cuando se adivinan rodeados de suficiente número de espectadores proceden a divulgar, con todo lujo de detalles, una prolífica retahíla de espantosos males que fueron fulminados sin dejar rastro gracias a la milagrosa intercesión de la preciosa prenda maravillosa. Para dar mayor fuerza a su discurso adoptan una espectacular pose histriónica de iluminado carismático, y bendecido por los cielos, y apoyan cada interpelación con exageradas gesticulaciones que les procuran gran fama y admiración entre los crédulos concurrentes.

Mezclados con los abnegados viajeros también se acercan muchos ciudadanos de la propia Kinsaba. Éstos generalmente son los más efusivos y tan sólo aspiran a demostrar su exaltada devoción ocasionando todo tipo de calamidades a sus entregados cuerpos henchidos de amor. Destacan como penitencias habituales las autoflagelaciones, las mutilaciones diversas y las abrasiones prolongadas de las partes pudendas. Costumbre ésta última que goza de gran aceptación, al ser muy apreciada por los más fanáticos.

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