Furioso y desesperado por la muerte de su amada, el elefante Apolodoro vagó durante horas y horas sin rumbo fijo por las calles de la ciudad. Enfebrecido de dolor y pena, cegado por una rabia inconmensurable, sembraba el pánico entre la población, pues no dudaba en arrollar a cuantos transeúntes distraídos se interponían en su camino. Decenas de personas, incluido el Exquisito Gourmet, sucumbieron atravesadas sin compasión por sus mortíferos colmillos o, en el mejor de los casos, pisoteadas bajo la formidable intransigencia de su envergadura colosal.
Sin embargo, poco a poco, el cansancio hizo mella en el trastornado animal, y tal como se agotaba iba olvidando el triste incidente que le atormentaba.
El monarca había perdido ya por completo su raciocinio humano, y gobernándose por puro instinto, regresó tranquilo y apesadumbrado a la confortable seguridad de su palacio. En vez de entrar, prefirió quedarse por el exterior, en los frondosos jardines, donde podía mordisquear a placer algunas de las tiernas hojas o sabrosas frutas que abundaban por doquier.
Los límites del recinto solían estar custodiados por una numerosa tropa de ordenados caravisteros, los cuales; incapaces de reconocer a su rey, miraban al hermoso elefante con gran admiración y poco disimulada alegría. Los fieles guardianes, atenazados por el hambre, escudriñaban con codicia su bien repleta barriga, y no podían evitar la tentación de acercarse a acariciarla, como si de un apetitoso melón se tratara, para comprobar su solidez y textura mediante algunas palmadas expertas y no exentas de malicia. Con el paso de los días, incluso se fueron ocupando, turnándose puntualmente, de ofrecerle variado sustento, y en cantidades a todas luces desproporcionadas. Además; hacían gala de una interesada servidumbre, pues procuraban depositarle el preciado alimento justo a los pies, con el malvado objeto de liberar al orondo animal del máximo ejercicio posible, sabiendo que ello redundaría en su engorde con mayor eficacia. Los abnegados caravisteros que lo veían deambular de aquí para allá exhibiendo cada día mayores obesidades y un caminar más tortuoso y cansado; se felicitaban sonrientes y soñaban con el futuro atracón que les aguardaba si el ausente monarca no reaparecía pronto por aquellos lugares.
El único ciudadano de Kinsaba que sabía de la fatal metamorfosis de su rey era el Atento Servidor. Éste, incapaz de tomar una determinación, meditaba abstraído, preguntándose cuál sería el camino a seguir tras los últimos acontecimientos; tan fatales y revolucionarios.
Muchos días se acercaba hasta los jardines del palacio y miraba con tristeza el torpe evolucionar del pobre Apolodoro. A pesar de los impresionantes cambios anatómicos, que sumían su antigua apariencia majestuosa en la ridiculez y el esperpento elefantino, le seguía considerando su rey, y como a tal, le guardaba cumplida fidelidad y respeto. También sospechaba que la vida de su querido monarca se hallaba en serio peligro, pues la creciente ola de hambre que amenazaba a los famélicos habitantes, se había vuelto en contra de los pacíficos mastodontes, y aunque éstos se hallaban severamente protegidos por las estrictas leyes reales, resultaba inevitable la progresiva desaparición de los simpáticos paquidermos. Ya a nadie le sorprendía el eventual hallazgo, en algún oscuro callejón, de los enormes huesos blanquecinos de algún desdichado elefante, excepcionalmente raídos y brillantes.
A falta del rey, el Atento Servidor contaba a su favor con la lealtad de los caravisteros, que al verlo aparecer se afanaban en reverenciarlo, pues bien sabían que en realidad era éste quien tomaba las decisiones de gobierno. Su sola presencia evocaba temor y respeto entre la población, y cualquier orden o sugerencia suya se obedecía de inmediato y sin rechistar.
Pero se daba cuenta de que su autoridad por sí sola no bastaba. Tarde o temprano, la gente, careciendo de la figura aglutinante de un monarca implacable, comenzaría a sublevarse sin remedio. Por otro lado, faltando Apolodoro sus atribuciones estaban en entredicho, y quizá incluso su propia vida también corriese algún peligro.
El tiempo se le echaba encima y el
futuro del reino descansaba en sus manos. Por primera vez en su vida tanta
responsabilidad le asfixiaba. Debía encontrar una salida, una solución que
permitiera la supervivencia de su ciudad, de su mundo, de toda su civilización,
porque fuera de Kinsaba no existía nada por lo que mereciera la pena seguir
viviendo. Era el momento de las grandes decisiones, de aquellas decisiones que
modifican para siempre el curso de la historia. El destino había elegido al
Atento Servidor para dar ese primer paso, después ya no habría vuelta atrás.
Además el tiempo se le agotaba, debía apresurarse o si no; algo le decía que
iba a acabar por lamentarlo seriamente.