Los Caravisteros con la Hormigonera

Con el tiempo, el monarca fue aceptando de buen grado los impactantes cambios físicos que experimentaba, y no sólo eso, si no que incluso se sentía extrañamente cómodo con su nueva presencia ampliada. Resaltaba espectacularmente su apabullante obesidad; pero sobretodo aquellas exageradas protuberancias que ornamentaban su desproporcionada testa, otorgándole un curioso aspecto entre monstruoso y ridículo. También fue recuperando poco a poco su casi olvidado sentido del humor, y hasta su apetito se incrementó en demasía, como bien pudo comprobar el cumplido chambelán en cierta ocasión en la que tuvo que acercarse al palacio para informarle de algunos asuntos urgentes que concernían al cuerpo de caravisteros. 

Apolodoro

Si te parece bien, mi Atento Servidor, como ya se acerca la hora del almuerzo y mis tripas comienzan a reclamar indolentes su merecida ración diaria de asueto, propongo que me acompañes en la mesa, y así, mientras degustamos las delicias gastronómicas que nos sirva mi Exquisito Gourmet, puedes explicarme reposadamente ese pequeño desaire que, dices, afecta a nuestra guardia de caravisteros y tanto te preocupa.

Atento Servidor

Será un honor para este humilde servidor compartir mesa y mantel con tan ilustre anfitrión.

Apolodoro

Entonces solucionado. Eso sí; te advierto una cosa. Desde hace algunos días me he vuelto un acérrimo vegetariano y mi cocinero tiene órdenes precisas al respecto. La sola idea de un sangriento bistec esgrimiendo su textura fibrosa de carne, nervios y grasas, me repugna profundamente y logra estimular violentas náuseas en mi delicado estómago.

Además; pobres animalillos inocentes, qué amargo destino el suyo, ser devorados por un congénere de cruel racionalidad y pocos escrúpulos. Con lo apetecibles que resultan unas tiernas acelgas rehogadas, o apenas hervidas, o una lustrosa ensalada de grandes hojas envolventes, o cualquier jugosa fruta de la huerta. ¿No te parece?

Atento Servidor

Mucho me temo, hospitalario Apolodoro, que aunque considero muy saludables tus sobrias costumbres alimenticias, y las aplaudo sin reservas, no me es posible imitarlas. Resulta que una incómoda enfermedad que padezco desde la niñez, y para la cual no existe cura alguna, me lo impide estrictamente. No siendo grave, sí resulta fastidiosa para el esparcimiento social, cuando, como en este caso, se requiere conjugar los gustos nutricionales en alguna inesperada invitación al refrigerio.

Apolodoro

¡Valla! No sabía nada al respecto.

Atento Servidor

Oh, no te preocupes por mi salud. Se trata de un simple problema de pigmentación. Mi enfermedad me impide ingerir cualquier alimento de color verde y en cualquiera de sus múltiples tonalidades; desde el vivo y luminoso de una lechuga, al oscuro y apagado de una redonda sandía, pasando por el pálido moribundo de una endibia recién cortada o la más sesuda coliflor de generoso bulbo. Tales verduras, frutas u hortalizas, me asquean con gran denuedo, obligándome incluso, la acentuada repulsión, a la huída veloz y rauda, sin dar explicaciones a los sorprendidos comensales, que aprovecharán, gracias a mi súbita indisposición, a romper el hielo y disfrutar a mi costa de una velada tan agradable como prometedoramente jocosa.

Apolodoro

Curiosa e inusual tu excéntrica afección, y lamentable en gran medida. Pero al menos, bien podrás saborear alguna jugosa naranja, cuya coloración se muestra más apetecible a vuestros gustos cromáticos, o unas cerezas de intenso rojo e ineludible rechazo, a pesar de su habitual acidez. Y si no; ¿qué me dices de unos sabrosos plátanos de amarilla carcasa?

Atento Servidor

Qué más quisiera yo, oh insistente Apolodoro, que poder gozar de las virtudes alimenticias de tan deliciosas frutas; pero la perfidia acendrada de mi infame enfermedad me lo impide con denostada violencia y maligna restricción.

Apolodoro

Pero no son verdes…

Atento Servidor

A pesar del seguro reclamo de esos llamativos colores que mencionas; lo cierto es que sólo el verde vomitivo cubría sus dulces carnosidades en sus iniciales desarrollos. El inherente recuerdo de su anterior naturaleza me inhibe y obliga, para mi desgracia y bajo la segura amenaza de terribles arcadas, a buscar sustento en alimentos más humildes y sangrientos. Por ejemplo; en el muslo de alguna plumífera ave delicada que le haya sobrado a tu chef, aunque tampoco le haría ascos a la pechuga o, si no hay más remedio, a las costillas de algún manso mamífero de pezuña partida, o al grasiento filete de algún tranquilo animal, obeso y guarro.

Apolodoro

Bueno, bueno, siendo así le diremos al cocinero que te sirva alguna vianda que guarde por ahí escondida. Pero te advierto que difícilmente encontraremos algún animal que en los instantes previos a su óbito, o en alguna etapa de su crecimiento, no haya ingerido grandes cantidades de vegetales crudos y de radiante verdor.

Atento Servidor

Bien lo sé, agudo Apolodoro, y fácil te será comprender el desánimo con que afronto la ingestión de los más suculentos estofados. ¿Pero qué remedio me queda si mi cruel enfermedad me obliga a tales limitaciones?

Apolodoro

Pues no se hable más, y mientras se nos abre el apetito me puedes ir informando de ese pequeño problemilla que venías a contarme con tanta urgencia.

Atento Servidor

Se trata de nuestro querido ejército de caravisteros. Si antes constituían magníficos héroes del artificio y la seguridad, hoy más bien parecen dioses sin parangón de la más desoladora destrucción indiscriminada.

Apolodoro

¡No me digas!

Atento Servidor

Por algún extraño motivo todavía por desentrañar, han caído seducidos por el influjo de una antigua hormigonera amarilla a la que atienden y veneran con el mayor de los mimos. La portan sobre un acolchado atril fabricado a medida y se explayan en su cuidado con sospechoso afán. La protegen de la implacable furia del sol con anchas sombrillas de colores, y no satisfechos todavía, con inmaculadas sábanas de algodón la envuelven, temerosos de la arena del desierto que la traicionera brisa esconde bajo sus dientes de seda. Cuando ceja el viento se apresuran a abanicarla con delicadeza y suavidad, no vaya la inclemencia del calor a deteriorar su valioso funcionamiento rotatorio.

Apolodoro

¿Has dicho una hormigonera, verdad?

Atento Servidor

Efectivamente. Y no se limitan sólo a cuidarla. Cuando al fin la conectan, en sus horas libres, todo hay que decirlo, cobra vida un horrísono ruido metálico y estruendoso, de ciclópeas dimensiones, que se desprende por el aire agujereando tímpanos, rompiendo cristales y trastocando todo cuanto es alcanzado por sus invisibles brazos demoledores.

Apolodoro

Ya será menos.

Atento Servidor

Las cándidas arenas blancas del desierto, siempre tranquilas y reposadas en su tenue modorra silenciosa, despiertan desbocadas de su cálido sueño sosegado, y azuzadas por la algarabía de un desconcertante rugido empedernido, se revelan furibundas para clamar con rabia su airada afectación. Impelidas por el terror, se alzan conformando hirvientes olas, mientras retumban sorprendidas por los ensordecedores sones repetitivos que las embargan y asolan sin piedad.

Apolodoro

Aun así; no me parece tan grave.

Atento Servidor

Pues escucha: Ante tal invasión sonora impenitente, las construcciones más endebles, cual si fueran golpeadas por gigantescas mazas inmisericordes, caen de inmediato hechas pedazos. Las más sólidas y consistentes, aunque a duras penas logran sostenerse, se inclinan y deforman a su aleatorio capricho. Incluso tus valientes elefantes, oh Apolodoro, presas del pánico, huyen enloquecidos y sin mirar atrás, poniendo en serio peligro las vidas de cientos de mujeres, que tiradas por las esquinas paren sin tregua y prematuramente, como locas conejas perturbadas por malignos designios.

Apolodoro

Entiendo.

Atento Servidor

Has de saber; que estos indeseables caravisteros buscan siempre el amparo de la noche para desencadenar impunemente sus tropelías acústicas. Luego; aquejados de su melómana fiebre de perfidia, habiendo ya liberado su estrepitosa plaga sin remordimiento alguno, celebran su hazaña recluyéndose en un frenético baile ensalzado de curiosa descoordinación intrínseca. Ante el poderoso tronar de decibelios se desata el éxtasis y el delirio más salvaje. Hostigadas por el martilleante jolgorio, sus insomnes extremidades giran y se retuercen incansables al compás que marca el horroroso bullicio extenuante.

Apolodoro

O sea; que se dedican a bailar.

Atento Servidor

Uno de ellos de aspecto más bien juvenil, al que idolatran y felicitan con evidente admiración, no contento con la magnitud del desastre, se sitúa frente a la hormigonera a modo de maestro de ceremonias, y provisto de  una sucia pala, se apresura a introducir en el interior, sin orden aparente, arena, piedras, clavos o cualquier otro elemento susceptible de incrementar el alboroto generado. A pesar de que tras la vil intercesión del nefasto oficiante, las variaciones del terrible rebuzno maquinal se acentúan con fragor inigualable, lejos de ser recriminado por sus compañeros, éstos; aún celebran el nuevo ritmo escandaloso con una mayor profusión de gritos y ánimos renovados, y se funden en multitudinarios abrazos lascivos, antes de dar rienda suelta a las más entusiastas danzas de agresiva escenificación gestual, tan absurda como disparatada.

Apolodoro

Parece divertido.

Atento Servidor

Tras horas y horas de incansable orgía musical; un descontrolado y predecible sudor humedece sus delgados cuerpecillos saltarines, mientras arrancan sus chupidas ropas para arrojarlas por los suelos. Brincan, gritan y se besan poseídos por la misma locura febril e idiota. No comen, ni duermen, sólo beben agua, y si evacuan procuran hacerlo sin interrumpir sus imperturbables movimientos sicodélicos. El imperioso bramido horrible que exhala la maquina infernal les induce y maneja, convirtiéndoles en conjunta masa de necios de similares meneos y sensaciones. Aunque parezca una broma macabra, la misma cara de plácida felicidad comparten, y el descoyuntarse colectivamente les resulta grato y provechoso.

Temo que se hallen bajo el influjo de alguna siniestra maldición del Ingeniero Profeta.

Apolodoro, que había escuchado con gran atención el relato, pareció sorprenderse levemente cuando dejó de hablar su interlocutor, y tras cerciorarse de que éste no iba a añadir nada más a lo dicho, se dispuso a interpelarle en tono amigable y divertido.

Apolodoro

¿Y eso es todo? ¿Éste era ese enorme problema motivo de tanta preocupación y desasosiego?

Atento Servidor

¿Te parece poco?

Apolodoro

Con todos los respetos, mi Atento Servidor, estás hecho un auténtico carcamal. Mis caravisteros son hombres jóvenes que trabajan duramente y también necesitan disponer de su natural esparcimiento. Además; es normal que la juventud se comporte de manera ridícula y extravagante, para luego, con los años, volverse más responsable y apacible. De no ser así es cuando empezaría a inquietarme.

¿O es que tú de joven no hiciste alguna estupidez de la que te sientas avergonzado?

Atento Servidor

Bueno; a decir verdad, yo le robaba las prendas íntimas a mi mamá, y después corría por las calles aullando como un loco y hondeándolas en alto a modo de triunfal estandarte al albor de la batalla.

Apolodoro

¿Lo ves? Y sin embargo, a pesar de esa niñería tan ridícula, fíjate que hombre tan cabal y digno de ejemplo has llegado a ser. 

¡Ay, divina juventud! Ya quisiera yo volver a aquellos años tan lejanos y felices.

Mira. Ya nos traen la comida. Será mejor dejar la cháchara para luego y concentrarnos ahora en lo realmente importante.

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