Oda al Calvo

Pronto llegó a oídos del avispado chambelán la noticia de la extraña muerte del Comandante de los caravisteros.

            La verdad, pensaba el Atento Servidor, si quería suicidarse bien podía haber elegido un medio menos cruento y doloroso. En fin, cada cual tiene sus gustos y parecía bastante claro que aquel hombrecillo no estaba en su sano juicio.

            También recibió el poema dedicado a Apolodoro que leyó y releyó con gran interés. No pudo evitar alguna sonora carcajada, pero lo cierto era que le pareció realmente curioso e incluso brillante. Esa manera de entrelazar las palabras y la rima. Había algo mágico y bello en el soneto. Desde luego no se lo iba a enseñar al monarca, menudo cabreo cogería, además es lo último que necesitaba con lo alicaído que estaba últimamente a causa de los extraños cambios fisonómicos que seguía experimentando. El pobre Apolodoro continuaba engordando peligrosamente y su apéndice nasal no cejaba de crecer y crecer. Y eso por no hablar de las orejas, que andaban descontroladas en su propia expansión inusitada. También había perdido la totalidad del cabello y ya no se molestaba en disimularlo con la peluca como antaño. No es que éste fuera un mal mayor: la alopecia, pero ya se sabe; a perro flaco todo son pulgas. La novedad era su piel que parecía estar adquiriendo una tonalidad cetrina y rasposa; muy desagradable a la vista y ni que decir al tacto.

            Entonces se le ocurrió una idea brillante. Él también escribiría un poema para su rey. Quizás así lograra animarle un poquito. No podía ser tan difícil. Si el caravistero demente fue capaz de hacerlo, él no iba a ser menos. Todo era cuestión de buscar la inspiración y lo demás vendría solo.

            Puso su mente en blanco, suspiró varias veces y se dejó llevar por sus sentimientos.

            Escribió lo siguiente a renglón seguido:

Díjome un mentecato y narigudo:

Un pelo cojonudo yo tuviera,

y tanto por la frente me cubriera,

que más la protegiera que un escudo.

Maromas y no cerdas, pues cornudo

a todo el que las viera pareciera,

que hasta me preguntó si padeciera,

un hombre, de un embrujo, por velludo.

Mas quien decir pudiera, que cayera

al suelo por manojos, y cual humo,

descalabróseme la pelambrera.

Y púsose además cuidado sumo,

ninguno por la testa se perdiera.

Por no desampararlo; me presumo.

            Pero no, no. Mofarse de la alopecia de Apolodoro no era un pasatiempo muy juicioso que digamos. Evidentemente no era éste el camino a seguir. Volvió a releer sus propios versos con sorpresa y aún le parecieron más ofensivos e irreverentes.

            ¿Pero qué le había pasado? Él respetaba a su rey y lo admiraba sinceramente. De eso estaba seguro. Y sin embargo…

            Qué raro. Sin duda sus palabras obedecían al insondable misterio de la inspiración. La poesía te elige y actúa a su capricho. Sólo somos marionetas en sus manos. Nada podía hacerse contra ella.

            Decidió romper el folio de inmediato y olvidar el tema.

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