A pesar de su generosa disposición, Rubicunda no logró mantener ocupado por mucho tiempo al ambivalente médico en el estudio desorbitado de sus voluminosas carnalidades. Y eso que no dudaba en descongestionarlas de sus banales encubrimientos coercitivos para exponerlas, libres y rollizas, a su criterio selecto y degustación exclusiva. Extrañada por semejante muestra de desdén a la que se hallaba poco, por no decir nada, acostumbrada; optó por examinar su blondo rostro en el fiel reflejo de un espejo circular. Vio entonces multitud de menoscabos superficiales, ninguno de gravedad, pero sí constitutivos todos ellos de justificada preocupación.
Donde antes existía una tersa rechonchez, ahora descubría sin dificultad los aterradores contornos de nacientes arrugas de amenazadora prosperidad. La fría guadaña de la vejez andaba arañándole también a ella con velada sutileza. Sus hermosas facciones, bellas y suaves, comenzaban a sumergirse en la imparable vorágine del decrépito. Su encanto y vigor se hallaba en proceso de absoluto desmantelamiento; ya sólo era cuestión de tiempo. Tarde o temprano los estragos serían muy evidentes.
Sin embargo; no iba a resignarse a tan cruenta fatalidad. Habituada a su belleza innata y sin condiciones, ¿cómo podía renunciar a ella y proseguir al margen, con sus quehaceres comunes, haciendo caso omiso del horrible desvalijamiento corporal? Presentaría batalla desde ahora mismo.
Durante los siguientes meses, la cándida Rubicunda sufrió un cambio total. Dedicó el grueso de sus energías, y una inesperada agudeza mental cada vez más acentuada, al denostado arte del maquillaje. Disimulaba las pérdidas irreparables y también trataba de fortalecer su belleza en retroceso, con intención de afianzarla antes de que fuera demasiado tarde. Su cuerpo se convirtió en preciado objeto de dedicación compulsiva y motivo único de su existencia.
Cada mañana, nada más levantarse, se aplicaba con mesura en el lavado escrupuloso de su completa anatomía sin obviar intersticio alguno. Todos los orificios de su cuerpo debían ser limpiados, raspados y friccionados hasta la saciedad. Luego cedía el turno a la depilación; momento delicado y doloroso. Cualquier acceso de vellosidad que osara proliferar fuera de los límites impuestos por su criterio inequívoco, debía ser aniquilado de raíz. Axilas, piernas, parte superior del labio y delicados márgenes del pubis. Incluso los oscuros recovecos ocultos en el interior de las fosas nasales eran examinados con enfermiza minuciosidad. Para su eliminación usaba oropimente en abundancia, mezclado con heces de gato secas y picadas, cal hervida en aceite y vinagre muy fuerte. Después, para evitar que volvieran a reproducirse, se aplicaba una sustancia que le había aconsejado el Atento Servidor y que se componía de sangre de murciélago y de sapo, zumo de cicuta, ceniza de col, clara de huevo y una perdiz con sus plumas destilada en vinagre.
Para conseguir una mejor textura y sabor de sus apetitosas ubres; las bañaba en un cóctel de tintura de arrayán, agua de pimpinela, agua de flores de saúco, almizcle, hueso de jibia y alas de oropéndola. También ordenaba a sus criadas que le azotaran las caderas sin el menor reparo para buscar su ensanchamiento; detalle éste, según decían, prometedor de los más sensuales extravíos. Para esta última actividad solía ofrecerse voluntario Apolodoro, el cual; con gran alegría y saña, la ejecutaba a la perfección.
El tratado del rostro ya eran palabras mayores. Ella misma inventó una mascarilla de belleza con la que solía dormir y que constaba de harina de centeno, hojas de verbena molida, miel, leche de burra y polvos de arroz. El maquillaje requería de gran destreza, un pulso muy firme y altos conocimientos sobre cosmética. Lo que más se le resistía era la exfoliación.
Se trataba de una lucha sin cuartel contra la corrupción que inflingía el tiempo en la tersura y pureza de sus facciones. Usaría en su defensa cuantos productos pudiera hallar en la naturaleza que fueran susceptibles de recomponer su estampa, tras ser, eso sí, debidamente aderezados. Por suerte dominaba el arte de la simulación y el acicalamiento. Oscurecía sus pestañas y las estiraba, perfilaba los ojos, pintarrajeaba los párpados, pellizcaba sus mejillas para arrebolarlas y se pintaba los labios con carmín. Luego se entretenía con el cabello donde, con un poco de talento, se podía construir una obra magna y escultural, a base de flambearlo y propiciar su crecimiento como un suflé.
Tras ocho o diez horas de duro trabajo
lograba al fin lucir un aspecto presentable a ojos vista del congénere
masculino y era ese el momento apropiado para dejarse caer descaradamente, con
emperifollado disimulo, por donde anduviera ese médico cantor tan promiscuo, a
ver si había suerte y conseguía estimular el imperante ánimo fornicador de tan
exigente semental. Pero las más de las veces el Venerable Médico obviaba la
presencia de su remozada pretendiente y destinaba sus apareamientos a objetivos
más lozanos y apetecibles. Entonces, resolvía la triste Rubicunda regresar a su
palacio, cabizbaja y compungida, para, tras un buen baño, recomenzar de nuevo y
desde el principio la remodelación de su rostro con afeites más atrevidos y
sensuales.